Bajo los Escombros

¡Tócame, tócame, si tan solo uno de tus dedos podría alcanzarme!, sollozaba Ana apenas perceptible. Aunque trabajaban para los mismos fines, no se conocían. Miguel quedó atrapado también en el mismo lugar. Llevaban más de cuatro horas juntos inmersos en esas condiciones sin poder aún mirarse. La oscuridad iracunda de los muros caídos era por demás contundente, permitiendo a un hilo rapaz de luz vespertina traslucirse sagaz entre las vigas. El sismo no dejó réplicas sensibles desde que ocurrió cinco horas antes, para ser exactos a las trece horas dieciséis minutos, por lo que las labores de rescate iniciaron su rutina bajo sincronía de reloj. Ellos  sabían, sentían la presencia. Percibían ruidos, olfatos caninos y un ritual vocal que culminaba una y otra vez unánime y sublime: ¡Silencio! 

Conocían entre ellos sus nombres. El silencio tortuoso los instigó a presentarse. ¿Te llamas Ana verdad? Lo se porque alcancé a verlo tatuado en tu brazo derecho antes de que cayeras escondida debajo del escritorio. ¿Sigues ahí? ¿Porqué no respondes? ¡Oigo tu respiración mas no te puedo ver!, decía Miguel con aplomo, dureza que reflejaba la entereza de su estilo. ¡Ana, soy Miguel, aquí estoy!, con tono ya desesperado indagaba. ¡Debo estar un par de metros a tu derecha, guíate por mi voz!, insistió una vez mas mientras la iluminación natural se extinguía. En sus dientes palpaba la textura arenosa del polvo volátil cuando por fin logró mover su mano izquierda la cual había permanecido pegada por horas a su cuerpo prensada contra la silla del cubículo principal. 

¡Miguel tócame, tócame por favor! ¡Ahora que tienes tu mano libre puedes hacerlo!, finalmente Ana respondió. ¡Alcancé a ver como la movías antes de que se fuera la luz!, continuó diciendo exhausta. ¡Solo si me tocas me siento viva! ¡Miguel te necesito, no puedo moverme! ¡Necesito sentir tu piel!, se quebró en un llanto profundo que proyectaba su inmedible dolor dejando entrever su delicada y refinada personalidad sensible. Pronto el pánico la desbocó. Miguel intuía que convulsionaba. El terror atrapó a Ana por todos sus frentes y ensanchó su alma cual agotada perdió su fulgor. Tanto grito agrietó su temple y tras colapsarse, Ana desvaneció. 

Miguel ahondó en sus pensamientos suponiendo la caída de la noche la cual trajo serenidad filosa aunada al silencio retador que Ana proyectaba. Cayó imbuido en su introspección. Sólido y tenaz, manifestaba estoico su estirpe lógica y reticular, que inventivo al resolver dilemas trastocaba de maneras atípicas técnicas galopantes en su profesionalismo épico, hoy heroico, aventando un tablero estratégico de caballos y peones al servicio del cosmos para liberar a Ana de aquel ardor. Miguel se descubrió sobrio al soltar el trance meditativo, mas aquella carga incesante de segundos torcidos abrieron a las anchas su robusta coraza. ¡Algoritmos mágicos!, pensó, al paso que Ana se convertía minuciosa y lánguida en sensación autómata para Miguel. 

El crujir de los escombros asomó el amanecer con rayos de luz naciente. El arribo de brigadas adicionales de rescate despertaron a Ana del estado comatoso emocional que la sostuvo a través de aquel prisma nocturnal. Un halo de luz dibujó de pronto ambas siluetas pero el movimiento brusco del cemento opacó veloz de nuevo sus rostros. Alcanzaron a verse a distancia en un tácito contacto. Bastaron dos segundos para que el contorno de sus rostros se estamparan sellando sus memorias. La oscuridad obscena invadió cual ráfaga aquel cuarto que casi veinticuatro horas antes presumía su grandeza, contrastando este episodio doliente en el cual dos almas tenues menguaban su dolor. 

¡Miguel, puedo mover ambos brazos, no se como le hice pero puedo hacerlo! ¡Necesito abrazarte!, exclamó Ana lúcida y anhelada tras recobrar fuerzas debido al descanso sedante de la noche. ¡No te alcanzo Ana, como quisiera pero no te alcanzo!, replicó Miguel estirando los dedos y la palma de la mano que había liberado la tarde anterior. Ana entonces suspiró profundo tejiendo una pausa eterna. Con matices impotentes sin aliento le dijo tersamente: ¡Pon tu mano derecha en tu hombro izquierdo. Pon tu mano izquierda en tu hombro derecho. Aprieta fuerte Miguel. Muévete de derecha a izquierda y viceversa. Recibe mi abrazo a distancia. Es lo más que puedo darte! ¡Acaricia tus mejillas y siénteme, siénteme de nuevo…! ¡Repítelo cada vez que necesites! ¡Quitarás tristezas, te darás abrigo y algo de cobijo!, y Ana calló. 

A Miguel lo rescataron segundos después y al hacerlo el cielo retumbaba. Aquellos escombros removidos que le dieron vida, a Ana en instantes la tierra la tragó. Miguel sintió la luz cegante, tan intensa y tétrica en la misma intención. Supo bien que nunca la vería, que el amor a tientas marcaría el destino tácito ahogando y desgarrando su clamor. Dejar atrapada a Ana bastaron veinticuatro horas para clavar por años de dagas su corazón. A Miguel se lo llevaron lentamente para sanar su cuerpo y al alejarse enfrentaba el despido. Días después dieron por terminada la búsqueda. Miguel lo supo, Ana nunca apareció. 

Puntual a las trece horas dieciséis minutos del año siguiente Miguel con niña en brazos hincó sobre sus rodillas frente a aquel lugar baldío. Intimo hablaba a voz abierta: ¡Pon tu mano derecha en tu hombro izquierdo. Pon tu mano izquierda en tu hombro derecho. Recibe mi abrazo Miguel! ¡Siénteme, siénteme de nuevo…! Ana, su hija apenas de tres meses lo miraba, y al exhibir su brazo tatuado llevaba el nombre tal perenne brazalete. ¡Algún día te contaré la historia!, le decía Miguel acariciándola. ¡Los designios de Dios son inescrutables! ¡Puro es el corazón! Miguel tomó de la mano a Ana y abrazándola apasionado se la llevó… 

Darián Stavans

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