Desde las Entrañas

¡Métemela más, métemela más!, gritaba extasiada Eloísa fingiendo el orgasmo. David seguía a ritmo azaroso mientras disfrutaba el cuerpo radiante de aquella mujer que veía a diario parada en la esquina donde viraba para llegar al trabajo. No era la primera vez que se encontraban, la secuencia marcaba sus pasos, pero si por primera ocasión intercambiaron palabra alguna. La luz de la luna menguaba la habitación que atizaba el letrero del motel colgado de la ventana, pintando de matices pardos el ambiente pálido que se asomaba a través de la persiana. ¿Hace cuanto te dedicas a esto?, le preguntó David curioso tirado sobre el colchón mirando sigiloso al techo recuperándose de aquel destello de placer extremo… ¡Hace doce años pertenezco al sindicato de sexo servidoras!, respondió Eloísa después de una larga pausa manteniendo la mirada fría hacia el vacío. 

Eloísa poseía un cuerpo flamante. Los treinta años que ostentaba trababan a cualquier hombre hambriento. El cabello rizado le abonaba un semblante que teñía dorado el tenue color de los labios. Ojos oníricos de mirada triste traducían el lagrimal húmedo y a la vez sediento de los mismos. Sus senos no le importaban, habían sido manoseados tantas veces que denotaban hastío. Tenía estrías en el abdomen, huella del estire sellado por un pasado misterioso que conservaba silencioso bajo la sombra oscura del virtuosismo. Las colegas envidiaban su belleza inusual cuando al fijar la falda delineaba las piernas tersas que se alzaban pareadas al son del taconeo. El dolo de las chicas la invitaba al aislamiento, por lo que tejió con los años un romance retraído en aquella esquina, hilando un vínculo rocoso de pesarosa labor. 

¡Ya sabes como es ahora! ¡Mándame una transferencia express, ya tienes mi móvil, y en cuanto me llegue la notificación puedes empezar!, dijo desapegada Eloísa la noche siguiente tumbada en la cama semidesnuda botando el celular sobre el buró. David no dudó ni un segundo al escuchar la campanilla. Girando veloz sobre los empeines que resintieron el impacto del desamarre, zarpó a mar abierto para recibir el bálsamo que Eloísa le ofrecía. Dócil, por demás ingenuo y de buen trato David se movía por los frentes, mas hoy trotaba fuerte. ¡Ya termina!, le gritó Eloísa apática al ver que como tantos otros quería tiempos extras sin pagar prima. ¡Este es un servicio nada más!, añadió asustada al sentir que David le acariciaba con ternura el rostro a la vez que arribaba galopante al destino. David dejó caer el brazo izquierdo fuera de la cama y así recuperar aliento tras la travesía. Un silencio atroz detuvo el trote. David enamorado no podía moverse. 

La vida de Eloísa templaba brillos y sombras, mas estas sin piedad arrasaban los centelleos escasos iluminados. Vivía en un cinturón de miseria que atrapaba su aura sin desvelo. Era hija única, producto de una vida similar a la suya. Ocupaba un espacio huidizo pagando una iguala mensual que le permitía blindar su perfil espinado. Eliana la acompañó varios años, siete para ser exactos, un rastro agrietado por el rasgado fatal de la consecuencia. La sinrazón trajo a Eliana al mundo y de igual manera se la llevó. Eliana, hija de Eloísa era única producto de una vida similar a la de ella también, almas desvalidas creadas por el cuerpo mas no por el deseo amoroso que arrastraban lastres dejando huellas desmembradas en columpios erizados. Así, con ánimo ampuloso llegaba Eloísa taciturna cada noche taconeando su rincón para intentar fraguar de nuevo el hechizo mágico que le traería de vuelta a Eliana. 

¿Quien es el padre?, preguntó David atemorizado la tercera noche consecuente al ver las estrías que dibujaban un remolino en el vientre de Eloísa. ¡Uno como tú, que deja sangre blanca cada noche!, respondió Eloísa con impulso, dejando caer una lágrima contenida. ¡Manda la transferencia, que hoy estoy más necesitada que tú!, dictó a David a repujar revuelo quien tomó su móvil tembloroso para programar la transacción. ¡No dudes, no me tienes que pagar el doble, manda la plata!, le ordenaba angustiosa. Al escuchar la campanilla desvistieron sus cuerpos incorporándose a las sábanas sombrías a darle vuelo al jaloneo. ¡Métemela más, métemela más!, gritaba desesperada Eloísa tratando de incitar a David quien denotaba confusión. ¡No puedo, no quiero. No pertenezco a esa estirpe despiadada!, se levantó abrupto dejando a Eloísa trasnochada quien quebró en un llanto incontrolado. La luz de la luna atizaba a Eloísa quien pálida y abatida yacía sin velos en el alma. 

¡Un día amaneció sin vida, Eliana si, la envenenaron, uno de estos!, sollozaba Eloísa tras sobreponerse al pánico. Erguida enlazaba las tiras de los tacones para así terminar de vestirse. ¡No puedes irte, mandé otra transferencia!, dijo David acariciándole los rizos. Eloísa obligada se quedó. ¿Porqué sigues en esto? ¡El amor te espera, déjate llevar por mi!, cariñoso David delineaba. ¡El amor no existe, solo Eliana!… ¡Abriré el vientre mil veces si es necesario!, enfrascada reiteraba Eloísa su locura e impávido David escuchaba el trazo alucinante que la envolvía... ¡Deja de acariciarme, tienes que comenzar, ya pagaste!, rompió Eloísa el silencio depilado que pausó aquella escena fragmentada. ¡Pago por el amor, no necesito tocarte!, respondió David con sensatez. ¡Los otros pagarán tus sueños, tus costumbres, tus motivos. Entiendo, entiendo bien…!, recalcó David. Caminó a ritmo lento hacia la puerta y salió escéptico de aquella habitación menguada para no volver. 

Darián Stavans

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