El Poder del Silencio

¡En serio que calor hace!, exclamó Adam pasando la navaja de afeitar por debajo del mentón. El sudor le escurría por el cuello y las gotas caían en el lavabo a través de sus brazos. Eran las cinco de la tarde cuando el sol radiante envuelve el ambiente pardo de la ciudad. ¿Tienes calor preciosa?, se dirigió a Kenya su perrita que lo acompañaba a la entrada del baño jadeando para ventilarse. Se sentía un silencio brumoso que Kenya tajaba con su resuello al mezclarse con el sol poniente que flagraba a través de la ventana. Adam soltó la navaja, no pudo seguir. Reposó sobre la silla de plástico que usaba en la ducha. Tapó su rostro con lamento que traducía congoja. Kenya se acercó y lo llenó de besos. Adam miraba al suelo entre sus dedos mientras la otra mano acariciaba a la perrita recibiendo su deferencia amorosa. 

¡Tengo un correo de Nelly en mi bandeja de entrada, que emoción!, gritó dos días antes Adam al entrar al ordenador. Nelly era su nuera, una bella mujer venida de latitudes sureñas que conoció su hijo en un viaje hacía dos años. La boda fue un año atrás en el Cono Sur de donde Nelly era oriunda. Adam no pudo asistir pero echó mano de los gajes virtuales que le transmitieron en tiempo real el evento. El rostro de Adam variaba en la medida que recorría las líneas del texto. El contenido relataba el accidente fatal donde Adam hijo había perdido la vida. El silencio blanqueó su mente. Kenya impasible acuñó su afecto al acercarse a sus pies mientras un correo adicional de Nelly notificaba la bandeja. El Poder del Silencio, decía. Adam de reojo lo vio al caer desvanecido al lado de Kenya quien varias horas lo escoltó. Un impulso resilente de pronto lo incorporó. Instó el correo de Nelly que había dejado pendiente. Leía en voz alta y Kenya escuchaba: 

                              “El Poder del Silencio” 

El silencio. 

Poderoso, versátil, inteligente. 

Junto a vos está el silencio. 

El silencio induce. 

El silencio arropa las entrañas. 

El silencio estampa la memoria. 

El silencio es táctica y estrategia. 

El silencio atrapa sin pedirlo. 

El silencio es sanador. 

El silencio. 

Poderoso, versátil, inteligente. 

Junto a vos está el silencio. 

                              “Para Adam de Nelly” 

¿Como estás mi preciosa?, le preguntó Adam a Kenya acariciando sus orejas. Ese día amanecieron ambos de buen humor. Salieron casi de madrugada a dar el paseo cotidiano. Kenya era una perrita criolla que Adam recogió en uno de estos cafés que hay por cientos en la ciudad. Tenía ojos ingentes y mirada penetrante. Su color negro cenizo brillaba centelleante. Casi no movía la cola y ladraba tan poco que Adam cuando la adoptó suponía que era muda. Habían pasado siete meses. Nelly había quedado embarazada. ¡Estará por cumplir los nueve meses entonces!, pensó Adam ilusionado. A diario repasaba las líneas que Nelly le había dedicado. La sabiduría del silencio sustentó profundo a Adam blindando su oquedad espiritual que exponía indefenso su pecho abierto. Adam era reservado mas no insociable. En eso radicaba la continencia entre sus nexos. 

¡Ve por el móvil, llegó una notificación. Seguro es de Nelly!, se dirigió a Kenya a quien había entrenado para traérselo. La perrita trepó sobre el sofá y prensó el móvil sin morderlo. Se lo entregó en la mano esperando a cambio la recompensa. ¡Escucha esto Kenya, es el llanto del bebé recién nacido!, le decía mientras le acercaba el móvil. Kenya movía la carita descifrando el audio extrañada por tal innovador sonido. ¡Es mi nieto, chiquita, ya nació!, exclamó Adam eufórico dirigiéndose a Kenya meneando el móvil. Entrada la noche Adam escuchó el audio diez veces sentado frente a la chimenea meditando al fuego. Kenya devota junto a él recostó a sus pies reposando contemplativa mientras Adam recorría las venturas azarosas. Instantes después una sonrisa iluminó su rostro. Adam y Kenya intercambiaron miradas. Con un silencio solaz se dijeron todo. 

Darián Stavans

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