En la Mira

¡Mira nada mas lo bella que te ves!, pensaba Daniel mientras veía acercarse a Anya hacia la mesa del café donde esperaba. Recién había perdido a su padre hacía un par de semanas lo que lo tenía desorientado. El insondable nexo que los unía delimitaba la vivencia del amor de Daniel con su padre entrelazando las manos en los años pueriles para cabalgar juntos por los andares de la vida. Anya era su única hija que nunca nació producto de varias inseminaciones artificiales y un tratamiento in Vitro. Vivía en una mansión de ensueño que Daniel le construyó en el alma, un paisaje onírico donde la templanza nutría su semblante para conservarla dichosa como una diosa. La pureza del trato entre Anya y Daniel era envidia de propios y ajenos donde los tropiezos cotidianos se limaban cual seda fina en un abrir y cerrar de ojos. Tal romance abrazaba su historia. 

¿Poquito más de café Daniel?, le ofreció amable Yorch acercándose a la mesa. Lo conocía de años, llegó a la cafetería a trabajar de mesero un mes antes que Daniel la frecuentara. El lugar arrojaba un espacio solaz para el temperamento de Daniel quien domaba varias artes con virtuosismo. Músico, se le daban las letras y la filosofía y era heredero de la facilidad histriónica del padre. Al interpretar el piano deleitaba a los escuchas con el bálsamo cristalino que sus manos transmitían. Musas le han sobrado a Daniel a largas y anchas, instigadoras de mantos cromáticos de delicada factura. ¡Perdón Yorch, estoy tan clavado en mis pensamientos que ni te respondí!, volteó sorprendido al darse cuenta que el amigo se había retirado dejando un refill en el café. El calor no daba tregua, el humo volátil de la bebida se fusionaba con el vapor espumoso del ambiente poniendo a sudar a cualquiera. 

La belleza de Anya era escultural. La habían tramado tantas veces en los tratamientos de fertilización que depuraron su bonanza al máximo. A sus veinticinco años inexistentes proyectaba una belleza inmaculada que trascendía tiempos y formas. Ni un pliegue denotaba su piel bañada en tez blanca arropando los ojos abismales de mirada despierta que replicaban la figura estilizada de su madre, esposa de Daniel. Anya permeaba cada filigrana de su padre dándole sentido para sopesar su existir. La esencia de Anya explicaba su presencia intangible ya que plasmada abrigaba su contorno. Bastaba que Daniel pensara en ella para evocarla en cualquier latitud cumpliendo con intocable grandeza el propósito de acompañar a su padre quien depuró galante durante jornadas sinuosas su imposible gestación. 

¡Anya, es tan dolorosa la muerte de tu abuelo que la tristeza me arrastra sin piedad!, dijo Daniel a su hija quien se sentó delicada desapareciendo súbitamente de la silla. ¡Hoy pertenece a la memoria, a lo imaginario donde existo yo lo sabes. Es el universo de las caricias puras y de las trampas azarosas!, dijo Anya proyectándose como holograma danzando delicada en el aire al contorno de la mesa. ¡Revisa la dimensión, juzga con prudencia y verás que dolerá menos su partida!, siguió Anya mientras Daniel tomaba un sorbo de café mirándola ecléctico. ¡Toma la mano de mamá como lo haces hace treinta años. Su forma de amar es privilegiada y por demás terrenal. Posee la sensatez para arropar a tu corazón y dar certeza a las inquietudes que clama tu alma!, terminó y se disipó. Daniel soltó una lágrima, no pudo contenerla y después una sonrisa afable alivió su rostro. 

Daniel terminó de tomar su café, ritual asiduo que puntual recorre a diario. Tomó el móvil y se levantó. Yorch le ofrece atención preferencial cada mañana para que desdoble cómodo sus pensamientos. Las compensaciones de la reflexión dan claridad constante a los debates que le azoran. De inteligencia y sensibilidad educada está hecho el hombre, insumos que depura al realizar la factura del arte que comparte. ¡Salúdame a mamá por favor. Sabes que le llamo por las noches pero igual salúdamela!, le dijo Anya a su padre introduciéndose en la mente de éste esfumando su exquisita figura en un twist para así guardarse dentro de la mansión espiritual de Daniel. ¡Así lo haré!, respondió a Anya que de hecho la llevaba con él. 

Darián Stavans

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